viernes, 20 de diciembre de 2013

Criterio 6. Una Geopolítica latinoamericana debería tomar, como ejes de reflexión, los conceptos de ''autoconciencia de Nación inconclusa'' y ''conciencia continental''. El arielismo, la corriente de pensamiento que puso en marcha el siglo XX latinoamericano e hispano-americano

Al llegar el año 1900, los intelectuales más destacados de nuestra comunidad histórico-cultural hacen un balance y una prospectiva del futuro de la región. De sus filas surge la que se llama ''generación del 900'', y cuya generación hermana es la ''generación del 98'' en España. Coincide este momento con la difusión de la corriente modernista, de claras raíces posrománticas y simbolistas, de origen americano, de preocupaciones hispano-americanas, (su mensaje está dirigido al mismo tiempo, a los hispanoamericanos y a los españoles, lo cual, hoy es de gran actualidad); por esta vía expresa las frustraciones y aspiraciones de la Nación. Su profeta y vocero en lenguaje lírico es el nicaragüense Rubén Darío, pues como ya había dejado dicho el cubano José Martí, antes de terminar el siglo XIX, la Patria son emociones (amor, liberación, indignación, ''odio'' y ''rencor'' sublimados) y sentimientos comunes, (hermandad, solidaridad, justicia, esperanza) si no, no se sostiene, pues no habría conciencia gran-nacional, como manifestación de la razón emocional (Criterio 4):







Lo que el nicaragüense Rubén Darío pone en lenguaje lírico, el uruguayo José Enrique Rodó lo expresa en lenguaje filosófico-literario, lo lleva al plano de la reflexión, aunque siempre con los sentimientos como base.

El contexto y el propósito con el que se concibió ''Ariel''

''La influencia política de una plutocracia representada por los todopoderosos aliados de los trusts, monopolizadores de la producción y dueños de la vida económica, es, sin duda, uno de los rasgos más merecedores de interés en la actual fisonomía del gran pueblo [de E.E.U.U.] La formación de esta plutocracia ha hecho que se recuerde, con muy probable oportunidad, el advenimiento de la clase enriquecida y soberbia que en los últimos tiempos de la república romana es uno de los antecedentes visibles de la ruina de la libertad y de la tiranía de los césares''. José Enrique Rodó, Ariel, año 1900.

Pero ''Ariel'' no se queda en el análisis de las bases económicas del imperialismo anglo-norteamericano; por el contrario, está concebido como un programa filosófico-social, como un dilema ético y estético colectivo en medio del proceso de modernización y mundialización.

''Comprendo bien que se aspire a rectificar, por la educación perseverante, aquellos trazos del carácter de una sociedad humana que necesiten concordar con las nuevas exigencias de la civilización [...] Pero no veo la gloria ni el propósito de desnaturalizar el carácter de los pueblos -su genio 'personal'- para imponerles la identificación con un modelo extraño al que ellos sacrifiquen la originalidad irreemplazable de su espíritu [...]''

''[...] Tenemos -los americanos latinos- [...] que mantener un vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la historia, confiando a nuestro honor su continuación en lo futuro. El cosmopolitismo, que hemos de acatar como una irresistible necesidad de nuestra formación, no excluye ni ese sentimiento de fidelidad a lo pasado, ni la fuerza directriz y plasmante con que debe el genio de la raza imponerse en la refundición de los elementos que constituirán al americano definitivo del futuro''. José E. Rodó, Ariel, año 1900.

Afiche de la campaña electoral de EEUU, del año 1900



























Además de filosófico, Ariel es geopolítico. En el contexto de 1900, Ariel no solo es un ideal, sino una brasa ardiendo. Mientras en las antiguas ''Indias orientales'' los hispanofilipinos de Emilio Aguinaldo luchan contra la invasión yanqui que derroca a su primer Presidente democrático (1899-1903), aquí, en América, en las mismas fechas, el gobierno de E.E.U.U. interviene en Cuba, Nicaragua y Panamá, ya para cobrarse sus gastos de guerra, imponiendo enmiendas constitucionales e interfiriendo en materia de relaciones internacionales, ya para tomar el control de sus canales y rutas interoceánicas, o para intervenir las aduanas de Santo Domingo y separar Panamá de Colombia consideradas meras posiciones estratégicas dentro de su zona de influencia.

Por último, EEUU enuncia el ''corolario Roosevelt a la doctrina Monroe'' (1904) que le permite instigar el derrocamiento de Cipriano Castro en Venezuela (1908), y justificar las intervenciones de los marines en la República Dominicana, Panamá, Honduras, Nicaragua, Haití, México, El Salvador y Costa Rica (entre 1904 y 1918). Política exterior bautizada como ''la nueva diplomacia del gran garrote'', con EEUU como ''juez y policía del mundo''.

Fuente: http://fineartamerica.com/featured/president-theodore-roosevelt-shown-everett.html






Detalle de la caricatura anterior





























Pero si Rubén Darío, ante el desmadre, reaccionaba como dionisíaco, José E. Rodó se expresaba como apolíneo, de acuerdo con las categorías filosófico-literarias entonces en uso.

''Invoco a Ariel como mi numen'' -dijo el Maestro del Maestro, que se llamó Próspero, el día que se despidió de sus jóvenes discípulos, luego de un año de tareas:

''Ariel, genio del aire, representa, en el simbolismo de la obra de Shakespeare, la parte noble y alada del espíritu. Ariel es el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia; el término ideal al que asciende la selección humana, rectificando en el hombre superior los tenaces vestigios de Calibán, símbolo de sensualidad y de torpeza, con el cincel perseverante de la vida''.

''[...] Pienso que hablar a la juventud sobre nobles y elevados motivos, cualesquiera que sean, es un género de oratoria sagrada [...]''. ''La juventud que vivís es una fuerza de cuya aplicación sois los obreros y un tesoro de cuya inversión sois responsables. Amad ese tesoro y esa fuerza [...]''. ''[...] Del renacer de las esperanzas humanas; de las promesas que fían eternamente al porvenir la realidad de lo mejor, adquiere su belleza el alma que se entreabre al soplo de la vida [...]''. ''La juventud, que así significa en el alma de los individuos y la de las generaciones luz, amor, energía, existe y lo significa también en el proceso evolutivo de las sociedades''.

José Enrique Rodó comenzó a escribir este trabajo, que dedicó ''A la juventud de América'' en 1898; lo anunció el diario ''El Siglo'' de Montevideo en 1899 y el diario ''El Día'' en enero de 1900; ''La Nación'' de Buenos Aires publicó un fragmento el 10 de enero de 1900; inmediatamente después fue publicada la primera edición por la editorial de Dornaleche y Reyes en Montevideo, y la séptima, que no fue la última, por la de Sempere, en 1908, en Valencia.

La sensibilidad ya estaba a flor de piel en 1898. Como dice Emir Rodríguez Monegal (Obras Completas, Madrid, 1957), cuando Rodó saluda a Rubén Darío en su viaje a España, hace el siguiente comentario:

''El poeta viaja ahora, rumbo a España. Encontrará un gran silencio y un dolorido estupor, no interrumpidos ni aun por la nota de una elegía, ni aun por el rumor de las hojas sobre el surco, en la soledad donde aquella madre de vencidos caballeros sobrelleva -menos como la Hécube de Eurípides que como la Dolorosa del Ticiano- la austera sombra de su dolor inmerecido'' (Rodó, ''Rubén Darío'', 1899).

En un lenguaje más autobiográfico, más de ''historia vivida'', Víctor Pérez Petit, su compañero de generación y biógrafo, dejó registrado el siguiente testimonio sobre las vivencias que provocó el 98 en Uruguay:

''Esta ruda contienda arrojó nuestros ánimos, el de Rodó y el mío, en la mayor de las tribulaciones. Queríamos y anhelábamos la libertad de Cuba, último pueblo de América que permanecía sujeto al yugo de España, no obstante sus viriles luchas por la independencia y la actuación gloriosa de los Martí y los Maceo. Pero deseábamos, al par, que esa libertad fuera conquistada, como había sido conquistada la de toda Suramérica, por los hijos de la nación sojuzgada y, a lo sumo, con el concurso de pueblos hermanos. Un nuevo Bolívar nos hubiera llenado de orgullo. Pero lo que no admitíamos de ningún modo era la intervención de Norteamérica. Cierto que propiciaba la independencia de Cuba; pero no le agradecíamos el servicio. ¿Qué tenía que ver esa nación extraña en la contienda de los pueblos de otra raza? ¿Qué tenía que inmiscuirse en algo que para nosotros era un 'asunto de familia'?''.

''En esa lucha estábamos por España. Cuba libre, sí; pero no por el favor o el interés de Norteamérica. [...] Amábamos, como seguimos amando, a España, honda y profundamente; con un amor más bueno, tal vez, que el de muchos de sus hijos, que por aquí la atacan, cuando nosotros la defendemos: no era imposible entonces que sus desastres repercutieran como propios en nuestros corazones. Y tanto como amábamos a España nos disgustaba Norteamérica. A Dewett, y a su ponderado 'Iowa' y a su invencible 'Massachusetts', lo odiábamos cordialmente. De noche, paseando con Rodó, olvidábamos a Cuestas por esta guerra extranjera. Eran, entonces, sentidas e interminables pláticas sobre nuestra bella e idealista raza latina y esa otra adusta y utilitaria raza del Norte''.

Por último, Pérez Petit explica cuál fue el espíritu con que se concibió ''Ariel'':

''-Habría que decir todo esto -exclamaba Rodó-; habría que decir todo esto, bien, profundamente, con mucha verdad, sin ningún odio, con la frialdad de un Tácito''. (Emir Rodríguez Monegal, Obras Completas, Editorial Aguilar, Madrid, 1957, pp. 192-193).


El programa de ''Ariel''

El primer punto de este programa tiene que ver con un trabajo sobre uno mismo.

''Jamás el áspero grito de la pasión devorante o intensa logra abrirse camino a través de los nervios de este artista [...] Presumo tener, entre las pocas excelencias de mi espíritu, la virtud, literalmente cardinal, de la amplitud [...] mi temperamento de Simbad literario es un gran curioso de sensaciones [...] pláceme tripular, por ejemplo, la nave horaciana que conduce a Atenas a Virgilio [...]''. J. E. Rodó, Rubén Darío, 1899.

Luego tiene que ver con un trabajo de la comunidad sobre sí misma. En 1900, América Latina estaba transitando por una nueva revolución urbana, y, desde el punto de vista demográfico, la población se renovaba con un muy nutrido contingente de españoles, vasco-franceses e italianos del norte y del sur, pero también gentes de todas partes del Mediterráneo y del Mar Negro: franceses, portugueses, griegos, croatas, ucranianos, libaneses, sirios, turcos, árabes; de Rusia, y en menor medida del Norte de Europa, de China, y de Japón. Muchas ciudades latinoamericanas empezaban a tener las mismas características de las ciudades europeas y norteamericanas, tanto desde el punto de vista de su cosmopolitismo, como desde el punto de vista de su progreso material.

''Existen ya, en nuestra América latina, ciudades cuya grandeza material y cuya suma de civilización aparente las acercan con acelerado paso a participar del primer rango en el mundo [...] Necesario es temer [...] [que] puedan terminar en Sidón, en Tiro, en Cartago''. J. E. Rodó, Ariel, 1900.

Rodó prefiere dirigirse a los jóvenes y plantearles que en realidad, si América Latina ya tuviera el espíritu de Ariel, no hubiera sido necesario escribir ''Ariel''. Difundir el espíritu de Ariel (el idealismo social), asegurar su triunfo, impedir el triunfo de Calibán (el materialismo capitalista), será en todo caso el resultado de una lucha heroica. América Latina necesita una nueva clase de héroes. Por eso prefiere ahondar en temas como la voluntad, el heroísmo, la vocación, el porvenir, la democracia. Rodó (y esto es muy importante, y muy actual) no propone una ideología, sino una actitud, sin la cual, cualquier proyecto está destinado al fracaso. Dentro de esa actitud, hay la más grande amplitud de pensamiento.


La imagen-visión-misión y destino de América Latina

Rodó les pide a los jóvenes que traten de hacerse una imagen muy clara del sujeto histórico que aspiran a construir.

''Ante la posteridad, ante la historia, todo gran pueblo debe aparecer como una vegetación cuyo desenvolvimiento ha tendido armoniosamente a producir un fruto en el que su savia acrisolada ofrece al porvenir la idealidad de su fragancia y la fecundidad de su simiente''.

''[...] Os hablo ahora figurándome que sois los destinados a guiar a los demás en los combates por la causa del espíritu [...] No desmayéis en predicar el Evangelio de la delicadeza a los escitas, el Evangelio de la inteligencia a los beocios, el Evangelio del desinterés a los fenicios''.

''Basta que el pensamiento insista en ser, -en demostrar que existe, con la demostración que daba Diógenes del movimiento-, para que su dilatación sea ineluctable y para que su triunfo sea seguro''.

''[...] ¿No la veréis vosotros, la América que nosotros soñamos [...]? Pensad en ella a lo menos; el honor de vuestra historia futura depende de que tengáis constantemente ante los ojos del alma la visión de esa América [...]'' José Enrique Rodó, Ariel, 1900.







Si el ''Ariel'' de Rodó conoció dos ediciones en Montevideo, en 1900; si se editó luego en 1901, en Santo Domingo, República Dominicana; y a partir de esa fecha en todo el ámbito hispanoamericano (en 1905 en La Habana; en 1908 en Valencia y en varias ciudades de México, etc.) fue porque le dio contenido a preocupaciones universalmente compartidas.

Los años 1901-1903 fueron fundamentales: el dominicano Pedro Henríquez Ureña se convirtió en un firme partidario de ''Ariel''; luego fue también su crítico. La postura de Henríquez Ureña coincidía con la de los educadores formados por el patriota puertorriqueño Eugenio María de Hostos, defensor de la integración antillana y latinoamericana; figura de proyección continental que vivió en muchos países de América Latina.


Las dos Américas y España como ''almas'' (sujetos histórico-culturales) para la generación de 1898-1900

Decía José Martí en 1891:

''En América hay dos pueblos, y no más que dos, de alma muy diversa por los orígenes, antecedentes y costumbres, y solo semejantes en la identidad fundamental humana. De un lado está nuestra América, y todos sus pueblos [que] son de una naturaleza y de cuna parecida o igual, e igual mezcla imperante; de la otra parte está la América que no es nuestra, cuya enemistad no es cuerdo ni viable fomentar, y de la que, con el decoro firme y la sagaz independencia, nos es posible y es útil ser amigos''. (''Nuestra América'').

Los escritores hispanoamericanos del 900 (Max Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Francisco García Calderón, Jesús Castellanos, Gonzalo Zaldumbide) puede que citaran poco a los españoles (Leopoldo Alas, Miguel de Unamuno, Juan Valera, Rafael Altamira), pero en cambio, mantuvieron una relación familiar, íntima, con ellos. Centenares de epístolas y de borradores manuscritos -futuros textos literarios- cruzaron a través del Atlántico. Hubo quienes hospedaron a los del otro continente en su propia casa.

Lo cierto es que cuando los iberoamericanistas y los españolistas de 1900 se encontraban, era para pensar en América y en España como almas:

''Yo veo simbolizado, en el curso de los dos ríos colosales [el Amazonas y el Plata] [...] el destino histórico de esas dos mitades [...] los lusoamericanos y los hispanoamericanos [...] confundiéndose y entrecruzándose [...] para verter, en el Océano inmenso del espíritu humano, amargo y salobre [...] el eterno tributo de sus aguas dulces: ¡las aguas dulces de un porvenir transfigurado por la justicia, por la paz, por la grande amistad de los hombres!'' (J. E. Rodó, ''Iberoamérica'', 1910).

''Me he habituado [...] a borrar de mi fantasía la vulgar imagen de una España vieja y caduca, y a asociar la idea de España a ideas de niñez, de porvenir, de esperanza. Creo en 'la España niña'.

''Soñemos, alma, soñemos un porvenir en que a la plenitud de la grandeza de América corresponda un milagroso avatar de la grandeza española [...] como dos enredaderas, florecidas de una misma especie de flor, que entonasen su triunfal acorde de púrpuras del uno al otro de dos balcones fronteros'' J. E. Rodó, ''España niña'', 1911.

Los antiguos romanos pensaron la identidad latina como un ''nombre'', el nomen latinum. En España, los catalanes estuvieron muy activos en la recuperación y difusión del concepto. Para revitalizarlo, Víctor Balaguer (catalán) y Frédéric Mistral (provenzal) formaron entre 1866 y 1867 una fraternidad catalano-provenzal a la que dieron el nombre de ''idea latina''. En 1877, Roque-Ferrier (provenzal) publicó en Montpellier un trabajo titulado ''La idea latina en algunas poesías en español, en lengua de oc y en catalán''.

En 1878, en un histórico concurso, ''Canto al latino'', organizado en Montpellier por la fraternidad catalano-provenzal, participaron todos los países latinos de Europa, Canadá, y América Latina, representada por Miguel Antonio Caro. El vencedor fue un rumano, Víctor Alecsandri.

Emilio Castelar y Ripoll, nacido en Cádiz, pero de origen valenciano, -y gran amigo del colombiano José María Torres Caicedo- fue el representante hispano en el proyecto de Unión o Confederación heleno-latina, además de proyectos de integración ibérica. Ya en 1857 escribió un artículo titulado ''La Unión de España y América''. Y en 1883, al denunciar el expansionismo alemán, expresó una idea similar a la de Rodó:

''Una patria ideal de todos los iberos se va formando por la condensación de grandes pensamientos emanados de las inteligencias mayores de uno y otro pueblo, y a esos idealismos, aunque parezcan vagos y etéreos, no se resiste mucho tiempo, pues, como el oxígeno universal, encienden la vida y transforman los objetos. Sí, la patria ideal, en que todos pensamos, y que todos queremos, es hoy una soñada utopía, pero será mañana una viviente realidad''.


Repercusión de ''Ariel'' en España y América

''Para excitar a la juventud americana a que aspire a la vida más alta, más pura, más espiritual y aérea, ha escrito José Enrique Rodó, de Montevideo, su 'Ariel' [...] espero dedicarle todo un ensayo. Por ahora citaré su hermosísimo final:

'Mientras la muchedumbre pasa, yo observo que aunque ella no mira al cielo, el cielo la mira. Sobre su masa, indiferente y oscura, como tierra del surco, algo desciende de lo alto. La vibración de las estrellas se parece al movimiento de las manos de un sembrador'. Miguel de Unamuno, crítica del ''Ariel'' de Rodó, 1900.

No porque sí ''Ariel'' se publicó en Santiago de Cuba, en la revista ''Cuba Literaria'', fundada en 1904 por los hermanos Pedro y Max Henríquez Ureña, de la República Dominicana. Fueron ellos los responsables de que por primera vez, en 1901, el ''verbo'' de ''Ariel'' encarnara fuera de Uruguay. Y en 1905, en Cuba, ellos mismos fueron los primeros y entusiastas partidarios de su difusión. De hecho la admiración de Max por Rodó fue tomando mayores proporciones conforme pasaba el tiempo. En 1918, en una Conferencia dictada en la misma Cuba lo recordó de la siguiente manera:


''La concepción de Rodó no es un mito. No es más que la repetición armoniosa del voto de nuestros grandes fundadores de patrias. La América libre, nuestra magna patria, tiene derecho a ser. ¡Oh, sí! Tenemos derecho a subsistir para gloria de la humanidad, que nos debe el afianzamiento de los principios políticos más respetuosos para la dignidad del hombre. Hemos llenado de resplandores el camino de la historia. Hemos puesto una aureola de púrpura y de fuego sobre la frente del pasado siglo, que gracias a nosotros fue un siglo de libertad. Nuestros héroes no han sido solo guerreros, sino también sembradores de ideas [...] Uno de ellos se llama Bolívar [...] Otro -el último en llegar- se llama José Martí [...]''. 


Rodó y la generación de 1898: diálogos con Leopoldo Alas y Miguel de Unamuno

Con Leopoldo Alas

La crítica de ''Ariel'' por Leopoldo Alas,''Clarín'', (Zamora, 1852-Oviedo, 1901) era esperada con interés en América y luego ejerció también mucha influencia. Asturiano y de formación jesuita, pero también universal y de formación krausista, sabía cómo conciliar a Justiniano con San Francisco de Asís, a El Quijote y Santa Teresa con Tolstói y Renán.

Su influencia en América Latina está vinculada a la que también ejercieron los círculos filosóficos de Julián Sanz del Río (Soria, 1814-Madrid, 1869), inspirador de Francisco Giner de los Ríos (Málaga, 1839-Madrid, 1915), y tributario a su vez, de Ruperto Navarro Zamorano, traductor de la ''Filosofía del Derecho'' de Ahrens (1841), basada en el sistema de Krause (1781-1832), según el cual, en la síntesis dialéctica de los contrarios, debía predominar el polo positivo (''el positivismo norteamericano servirá finalmente a la causa de Ariel'') y en la ética, la compasión por los más débiles y el principio de ''solidaridad vital''. Todas estas personalidades influyeron fuertemente en el Uruguay del 900.

Un segundo tipo de influencia provenía de los círculos políticos vinculados a Emilio Castelar (Cádiz, 1832-Murcia, 1899), Presidente de la I República Española (11 de febrero de 1873-29 de diciembre de 1874), a los que también pertenecía Leopoldo Alas. Además del Desastre de 1898 tenían en común la experiencia de la Guerra de Cuba (1868-1878 y 1895). 

Imaginar juntos

''En esto de unión, en toda clase de lazos, entre españoles peninsulares y españoles americanos, soy radical, -yo que lo soy en tan pocas cosas,- y además, un soñador a prueba de frialdades y desengaños en la futura unidad de la gran familia ibérica, y en que después de realizada ha de parecer error inexplicable el que no se hubiera realizado antes.''

El valor filosófico y poético de ''Ariel''

''En la oposición entre Ariel y Calibán está el símbolo filosófico-poético de Rodó. Se dirige a la juventud americana, de la América que llamamos latina, y la exhorta a dejar los caminos de Calibán, el utilitarismo, la sensualidad sin ideal, y seguir los de Ariel, el genio del aire, de la espiritualidad, que ama la inteligencia por ella misma, la belleza, la gracia, y los puros misterios del infinito''.

Contra la ''barbarie utilitaria''

''Lo mismo el cristianismo en su pureza, que el 'helenismo', se oponen a la moderna barbarie utilitaria [...] Donde el joven profesor americano muestra asombrosa originalidad es al explicar, con elocuencia y profundo pensamiento, el íntimo sentido del 'ocio' clásico, de la vida que se saborea, no a lo hedonista, sino con la reflexión, el sentimiento; no apresurándola en loca actividad, siempre en busca de medios sin último fin, sino poética, noblemente, como los dioses, con oportuno y sereno reposo [...] pero estos ocios [...] el utilitarismo del día los desdeña, porque no penetra su valor profundo; porque no ve que el destino del hombre es, tanto como vivir, contemplar, sentir la vida.

Pero además, el utilitarismo geométrico, lógico, llega... a la negación de la caridad, al dogma del triunfo del más fuerte, de la lucha por la existencia, legítima también entre hombres [...] proclamando el abandono y aun el exterminio de los débiles, de los no 'adaptados'; por ejemplo, del hombre delincuente nato, del niño no viable, etc, etc. ¿Quién no recuerda las doctrinas de ciertos periodistas italianos radicales, que llegan a pedir la persecución y supresión del criminal, aun antes del crimen, siempre que la 'ciencia' le señale como caso necesariamente llamado al delito?

Rodó recuerda con oportunidad al más franco, al más genial de los pensadores inspirados en tales egoísmos, a Nietzsche, con su clara y terminante idea del sacrificio de los más al placer y progreso de unos pocos; con su desprecio de las 'ternuras' cristianas... Mas por fortuna, añade Rodó, tales ideas no prevalecerán mientras en el mundo haya dos maderos que se puedan colocar en forma de cruz''.

La democracia ''bien entendida''

''La democracia debe ser la igualdad en las 'condiciones', igualdad de 'medios', para todos, a fin de que la desigualdad que después determina la vida, nazca de la diferencia de las facultades, no del artificio social; de otro modo: la sociedad debe ser igualitaria, pero respetando la obra de la naturaleza que no lo es.

Mas no se crea que la desigualdad que después determinan las diferencias de méritos, de energías, supone en los privilegiados por la naturaleza el goce de ventajas egoístas, de lucro y vanidad; no: los superiores tienen 'cura de almas', y superioridad debe significar sacrificio. Los 'mejores' deben predominar para 'mejor' servir a todos. Tal es, aunque él la exponga de otro modo, la doctrina de Rodó, al resolver las dificultades que para el progreso real de la vida podría ofrecer la democracia''. Ariel, Clarín, Madrid, 1900.

Con Miguel de Unamuno

Entre 1900 y 1916 José Enrique Rodó y Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864- Salamanca, 1936) produjeron un interesante epistolario formado por 18 cartas que circularon entre Montevideo y Salamanca entre el 20 de marzo de 1900, cuando Rodó, que venía de editar ''Ariel'', le hace llegar la suya a Unamuno, y el 21 de abril de 1916, un año antes del fallecimiento de Rodó.

Es Rodó quien inicia la relación, al solicitar al español una crítica de su reciente publicación. Le explica que ''Ariel'' es un ''libro de acción'' y que su objetivo es generar ''cierto movimiento de ideas'' en la juventud americana, ''para que ella oriente su espíritu y precise su programa dentro de las condiciones de la vida social e intelectual de las actuales sociedades de América''. Agregaba que le importaba mucho la repercusión que el libro podía tener en España.

El ''hilo vasco'' de la nación española

La sinceridad con que Unamuno le comunicó su impresión, unida a la profundidad de su reflexión, debió sorprenderlo:

''Es una producción profundamente latina, y yo, aunque escribo en un romance (hace años escribí algo en vascuence pero, lo dejé), nada tengo de latino. Es más, creo que mi raza, mi raza vasca, está ahogada por el latinismo [...] tampoco me penetra lo helénico [...] Véolo a usted también muy influido por la cultura francesa -acaso en exceso, es decir, con demasiaso predominio- y lo francés me es poco grato. Su claridad, su método, su 'belle ordonnance', me hastían, veo en ellos siempre la sombra de Racine [...] Un francés rara vez penetra de veras en abismos místicos, y jamás llega a gustar de veras de Shakespeare, un bárbaro [...] Tengo algo de francófobo. Y si leo francés es a belgas o suizos de preferencia [...] Creo que nuestra desgracia es no haber tenido un Lutero nuestro, español [...]''

Sin embargo, le explicaba que por todas estas razones, el libro de Rodó lo ''entonaba'', lo equilibraba, motivo por el cual le había caído muy simpático, en el sentido helénico del término:

''Y con todo, ello es lo que necesito para equilibrarme: latinismo, helenismo, galicismo. Por eso, 'Ariel' me ha entonado [...] En resumen, su 'Ariel' es un libro altamente sugestivo y que ha de darme materia a reflexiones, llamando a la vez la atención del público que me favorece, hacia él''.

De esa forma Unamuno señalaba otros lugares desde donde era posible vivir lo hispánico, además de lo latino. El pensador español descubrió que figuras claves de la América Española, como Lope de Aguirre y Simón Bolívar, habían sido vascos o descendientes, y desde este lugar, desde la diferencia, habían enriquecido la civilización española. Pero también entendía que lo latino era un lugar valioso desde donde vivir lo español y una otredad interesante para ''entonar'' el espíritu vasco.

El ''hilo español'' de Ariel y el ''hilo germánico'' de lo español

Rodó contestó a Unamuno en una extensa epístola donde defendía su posición sobre vivir los valores latinos desde lo francés, pero explicaba que eso no limitaba sus experiencias, y que también conocía y estimaba mucho a los escritores españoles:

''Nadie admiró más a Castelar, ni tiene más alta consideración por Menéndez Pelayo, Leopoldo Alas, Valera, Galdós, Echegaray, Pereda y tantos otros. Tengo los ojos fijos en la juventud de esa España [...] Si pudiéramos trabajar de acuerdo aquí y allá, y llegar a una gran armonía espiritual de la raza española, ¿qué más agradable y fecundo para todos?''

Unamuno contestó mostrándole ahora las posibilidades de lo germánico dentro de lo español, recomendándole autores nórdicos, y explicándole él no se sentía católico sino protestante, ya que Rodó cuestiona el espíritu puritano en ''Ariel'':

''[...] Me siento con alma de luterano, de puritano o de cuáquero, el ideocratismo latino y su idolatría me repugnan [...] Tal vez sean el latino y el germánico espíritus impenetrables [...] Y en esto me declaro germánico [...]''.

Abrir las ventanas de la casa vasca y de la casa hispanoamericana

En una nota siguiente, de noviembre de 1901, Unamuno contó a Rodó su experiencia durante el Discurso que dio en Bilbao en agosto de ese año, con ocasión de los Juegos Florales:

''Ruda fue la batalla de Bilbao contra el exclusivismo de casta [...] Soy vasco por todos los costados [...] pero he creído señalar a mi pueblo su más noble y más alto destino, apartándole de los que quieren encerrarlo en su viejo hogar''.


Unamuno invirtió las fórmulas con las que José María Torres Caicedo (1856 y 1875) había caracterizado América Latina. Ahora lo español no estaba subsumido en lo latino, sino lo latino en lo español, y era un lugar más desde donde interpretar la nación, junto con lo vascuence, lo germánico, lo árabe, lo sefardita, lo quechua, lo guaraní, o azteca. Había numerosas posibilidades. Lo español era una categoría universal, y América podía, sin problemas, imaginarse múltiple y una desde lo español. Unamuno buscó, además, un elemento cultural común que permitiera superar el concepto de ''raza'' como categoría ''animalística''. De forma ''humanística'', halló que era la lengua.


Rodó, la Revolución Mexicana de 1910 y el movimiento estudiantil de Córdoba, Argentina, 1918

''Se nos disimulaba el sentido de las experiencias del pasado, y no se nos dejaba aprender del provechoso terror del porvenir [...] Y teníamos un concepto estático de la patria, y desconocíamos los horrores que nos amenazaban, solo para que gimiéramos más el día del llanto! [...] Y entonces la primer lectura de Rodó nos hizo comprender a algunos que hay una visión solidaria de los pueblos, y que nosotros dependíamos de todos los que dependían de nosotros''. Alfonso Reyes (mexicano), Cuba, 1917.

Rodó y el movimiento estudiantil de 1918 en Córdoba, Argentina

El 29 de enero de 1908, José Enrique Rodó escribió al español Rafael Altamira (Alicante, 1866-México D.F., 1951):

''Actualmente se celebra en Montevideo el primer Congreso Internacional de estudiantes americanos, interesantísimo concurso en que participan muy distinguidos representantes de las nuevas generaciones de Hispanoamérica; y esto me ha dado oportunidad gratísima de comprobar cómo 'Ariel' y su espíritu han calado en el corazón de la juventud a quien dediqué aquellas pobres páginas. Han llegado a ser una bandera [...]''

Este Congreso, que tuvo lugar entre el 26 de enero y el 2 de febrero de 1908, abre un ciclo que conduce a la Reforma Universitaria de Córdoba, Argentina, en 1918, medio siglo antes del Mayo francés. Los estudiantes de Montevideo lograron que, de forma directa o indirecta, estuvieran representados, a través de 113 delegados, estudiantes de Uruguay, Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Perú, Cuba, Guatemala, Costa Rica y Honduras. Se recibieron, además, adhesiones de estudiantes de tres universidades de E.E.U.U. Del Congreso surgió una Liga de Estudiantes Americanos, con sede en Montevideo, que organizó el Segundo Congreso Americano de Estudiantes en Buenos Aires, en 1910, y el Tercer Congreso Americano de Estudiantes en Lima, en 1912.

En 1908, ''Ariel'' fue editado en España por la editorial Sempere, cuyas tiradas tenían difusión en todo el ámbito hispánico. Cuando al año siguiente Rodó publicó ''Motivos de Proteo'' en Montevideo, unos 2.000 ejemplares se agotaron en solo dos meses.

''Ariel'' en México

También en 1908, ''Ariel'' fue publicado en Monterrey, a iniciativa del Gobernador del Estado de Nuevo León, Bernardo Reyes, padre del intelectual mexicano Alfonso Reyes (Monterrey, 1889-México D.F., 1959), que pertenecía a la generación siguiente de Rodó, y tuvo oportunidad, en España, de conocer a la Generación de 1927, así como dar asilo en México a los intelectuales que debieron salir de España después de 1940.

El Director de la Escuela Nacional Preparatoria de México, Porfirio Parra, dispuso también en 1908, que esta costeara una segunda edición de ''Ariel'' para ser distribuida gratuitamente entre los estudiantes. En 1909, el Boletín de la Escuela publicó las cartas que intercambiaron Porfirio Parra y José E. Rodó en relación con esta edición.

El 28 de octubre de 1909, Antonio Caso, Alfonso Reyes, José Vasconcelos y otros jóvenes intelectuales fundaron en México el ''Ateneo de la Juventud''. El objetivo de los estudiantes mexicanos, como el de los uruguayos, era emanciparse del paradigma positivista de Comte y Spencer entonces hegemónico. Con esta finalidad organizaban actividades de reflexión y difusión en las que introducían autores alternativos como Menéndez Pelayo, Oscar Wilde, Bergson, o Platón. Pedro Henríquez Ureña, quien también en esta oportunidad introdujo a Rodó, dejó el siguiente testimonio del periodo:

''Sentíamos la opresión intelectual, junto con la opresión política y económica de que ya se daba cuenta gran parte del país. Veíamos que la filosofía oficial era demasiado sistemática, demasiado definitiva, para no equivocarse. Entonces nos lanzamos a leer a todos los filósofos a quienes el positivismo consideraba como inútiles, desde Platón, que fue nuestro mayor maestro, hasta Kant y Schopenhauer [...] Y en la literatura no nos confinamos dentro de la Francia moderna. Leíamos a los griegos, que fueron nuestra pasión. Ensayamos la literatura inglesa. Volvimos, pero a nuestro modo, contrariando toda receta, a la literatura española, que había quedado relegada a las manos de los académicos de provincia''. Buenos Aires, 1925. ''Conferencias del Ateneo de la Juventud''.

Era llevar al campo de la filosofía el mismo proyecto que el modernismo, de la mano de Rubén Darío, había introducido en el campo de la literatura.

Bernardo y Alfonso Reyes: el contexto histórico mexicano de 1908

En 1908, el viejo héroe-dictador Porfirio Díaz, que venía ocupando la Presidencia de México desde 1876, solo interrumpida por la de Manuel González entre 1880-1884, anunció, en una entrevista concedida al periodista James Creelman de Pearson's Magazine, traducida al español por El Imparcial de México, que estaba pensando en retirarse en 1910.

El anuncio creó expectativas entre los partidarios del padre de Alfonso Reyes, el General Bernardo Reyes, quien se había destacado en la ejemplar administración del Estado de Nuevo León. Los ''grupos reyistas'', que defendían la fórmula ''Díaz para la Presidencia y Reyes para la Vicepresidencia'' se extendieron por todo México. Se especulaba que si Porfirio Díaz fallecía debido a su avanzada edad, Reyes, que formaba parte de un sector más renovador, lo reemplazaría. Y en abril de 1909, para organizar esa campaña, se fundó el Club ''Soberanía Popular''.

Sin embargo, Porfirio Díaz y su círculo de partidarios más ortodoxos, sintieron que podían ser desplazados. Los antirreyistas salieron a la defensa de la fórmula Porfirio Díaz-Ramón Corral, y el General Reyes fue enviado a Europa. Rodó, que acababa de publicar ''Motivos de Proteo'', había hecho llegar dos ejemplares a México, uno para el General Reyes y otro, dedicado a su hijo Alfonso, quien se lo agradeció en una nota fechada en noviembre de 1909.


El conflicto entre los partidarios del General Reyes y los del General Díaz era apenas la punta de un iceberg: el de la víspera de la Revolución mexicana de 1910, que sería el contexto que daría notoriedad a ''Ariel''.


Influencia de Rodó en la Argentina y en el mundo: Manuel Ugarte

Manuel Ugarte había nacido en Buenos Aires en 1878. Periodista y escritor de familia acaudalada, gastó su fortuna viajando por el mundo para difundir las ideas de Rodó y de otros fundadores del ideal integracionista. Muy joven, fue elegido Presidente del Ateneo Ibero-Americano.

''Cada República se consideraba -y se considera aún- totalmente desligada de la suerte de las demás [...] Olvidaban las palabras de Rodó: Patria es, para los hispanoamericanos, la América española. Dentro del sentimiento de la patria, cabe el sentimiento de la adhesión, no menos natural e indestructible, a la provincia, a la región, a la comarca; y provincias, regiones y comarcas de aquella gran patria nuestra, son las naciones en que ella políticamente se divide. Por mi parte, siempre lo he entendido así. La unidad política que consagre y encarne esa unidad moral -el sueño de Bolívar-, es aún sueño, cuya realización no verán quizá las generaciones hoy vivas [...]''. Manuel Ugarte, La Patria Grande, 1922.

De esta forma influyó, en Perú, sobre Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (A.P.R.A.) y sobre Juan Domingo Perón en la Argentina, fundador del Justicialismo, quien luego lo nombraría Embajador en México.

''Debe saberse que no tengo más partido que el que deriva de los intereses de mi América''. Manuel Ugarte.


El arielismo abrió las puertas del siglo XX latinoamericano

De esta forma, el arielismo se convirtió en la fuerza intelectual y social que, como aprendiz de brujo, abrió las compuertas de las fuerzas sociales que pusieron en marcha el siglo XX latinoamericano.



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